lunes, 19 de junio de 2017

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Para serte sincera, ni siquiera yo sé qué está pasando.
Tengo la ansiedad abrazándome por la nuca, dejando todo su peso caer. A veces creo que ni siquiera ella sabe lo que hace.
En fin, no es que yo sea una santa, de hecho tengo más contactos ahí abajo que por arriba, y eso que a veces parecen querer hablarme mis abuelos desde el cielo. Pero para mí ya es demasiado tarde.

Resulta que soy débil. Joder, no sabes cuánto.
Y no quiero pasar este mal trago consciente de la soledad que estoy experimentando. Porque resulta que sé que no me merezco nada de lo que me está pasando. Y odio tener que ser la víctima siempre, que yo me levanto pero no dejan de empujarme hacia abajo.

¿Y ahora qué?, parecen gritarme.

Ahora solo vacío. Un vacío inmenso donde saltar parece lo sencillo, por eso de que no parece tener fin y prefiero flotar en el aire que agarrarme con todas mis fuerzas para no caer.
Yo, que tengo pánico a las alturas, quiero caer.
No espero que me cojas, ni que recojas los pedazos cuando me rompa. Solo que seas capaz de mirarme con esos ojazos y decirme que nada va bien, pero que sigo teniendo la sonrisa más bonita de esta maldito ciudad. Y que le jodan a todo lo que sobra.

No quiero ser consciente de la mierda que me rodea, no quiero ser fuerte, estoy cansada. Quiero poder derrumbarme sabiendo que mañana podré levantarme otra vez, y tener la tranquilidad de saber que no tengo que ser yo la que cargue con todo a la espalda.

Fóllame, a ver si me calma. Fóllame las ganas de querer morirme, de rozar el infierno y acariciarle al demonio la espalda. Fóllame la baja autoestima que me grita que no sé hacer nada. Fóllame como si fuese una puta, y luego quiéreme, bajito, sobre las sábanas.

Yo prometo preparar café en la mañana. Sentarme frente a ti y despeinarte, decirte que estás jodidamente feo cuando te enfadas. Mentiría.

No sé, follémonos.
La muerte, la vida, el descanso o la fatiga.
Follémonos.

¿Qué más da?

Escribamos una historia sin sentido, sin comas, a toda prisa. Jodidamente intensa. Yo prometo escribir una canción por cada lágrima que después derramemos. El arte no tiene que ser bonito, se trata de sentirlo.

Así que, pongamos las cartas sobre la mesa y sobre ellas nuestros cuerpos.
No quiero tener que volver a repetirlo.

La vida es demasiado corta para tener que pensarlo.

domingo, 18 de junio de 2017

mad





No dejan de acusarme dedos que no conocen nada de mí, y hasta entonces me valía como excusa para no escucharles. 
Ahora me he cansado de callarme, como si una puta tuviese que hacerlo por su condición de serlo. Cállate, anda. Respira hondo porque va directa a tu costado. Relájate. Siente el dolor, saborea el sudor que gotea desde tu frente. Interioriza ese temblor y acuérdate de mí. 
¿Sabes? Ya no temo que me olviden. Soy yo la que se larga. Ah, pero no te preocupes, sé con quién y cuándo quedarme. No es una coraza, ya no. Es que me he cansado de soportar a cobardes que se creen dioses. Y joder, sentí lastima por ti cuando descubrí tu bajo vientre, te lo juro. Menuda putada. 
Estoy bien, en serio. Sonrío con esa cara de hija de puta que se me pone a veces. Siento cierta atracción por lo macabro, al margen siempre de la locura que me envuelve y a veces me hace encontrarme en situaciones en las que jamás querrías verte. Cierto, me centro, pero a veces se me va la pinza. 
No es que no quiera saber nada de nadie; es que todo me parece un maldito coñazo. 
Estoy a mi aire pero me carga saber que lo comparto con gente tan estupida. ¡Ah, se me olvidaba!
A veces no tengo razón, pero que vengas tú a quitármela con esos aires de superioridad me come el coño de arriba a abajo. Y a veces, a parte de dar mi brazo a torcer, también me apetece chillar y pegarte un puñetazo en la boca del estómago; pero por suerte o por desgracia aún conservo un poquito de civismo. Pero solo por eso, tu humanidad deja mucho que desear.
Sin embargo soy fiel a mis principios y por eso te salvas - os -.

Pero qué vais a saber, anda.. me río yo de vuestros demonios - sobre todo de aquellos que aún no los conocen - tranquilos, algún día.

domingo, 16 de abril de 2017



Alcé la vista un instante.
Me ahogaba la pena,
decía que todo iba a ir bien mientras preparaba la soga.
No importa, confío en ti.
Caminé durante horas sin saber muy bien a dónde.
Acabé mi paquete de cigarrillos en apenas diez calles.
Madrid acunaba mi desastre y el cielo comprendió que debía lloverme.
Tres pasos más a la derecha, entré a un bar que parecía tranquilo. Pedí una cerveza y me senté en la barra, dejé el abrigo sobre mis rodillas y mecía mis pies en el taburete.
El vestido negro empezaba a sobrarme.


jueves, 9 de junio de 2016

Please, end.




Últimamente ando observando que el mundo cada vez es más pequeño; me explico.
El odio está, cada vez, mejor visto. Somos pequeños trozos de carne hasta arriba de éxtasis como los nazis que, poco a poco, queriendo ganar una guerra absurda acabaron sin empatía. Monstruos movidos por un odio construido desde unas bases totalmente confundidas.
Ahora las personas parecen tener cierto apego por las malas conductas, como si la vida tratase de pisar al débil para que individuales lleguen a ser algo, pero completamente solos.
La gente ya no se ama, se ha perdido el respeto. Amar no es más que ofrecer lo bueno de ti a alguien y que a cambio esta persona te lo ofrezca o se marche con respeto, sin herir tus sentimientos. Sí queridxs amigxs, se puede rechazar sin recurrir a la violencia verbal, al desprecio. Las personas cambiamos de opinión y de gustos constantemente, que a alguien le dejes de gustar no es una ofensa. Simplemente respétalo y, aunque probablemente tus gustos sigan intactos, el tiempo y la vida siguen. Es una pérdida de tiempo querer entender a base de odio por qué.
El mundo cada vez está más enfermo, se muere, se pudre. La madre tierra no llora, sin embargo, tarde o temprano dejará de soportar tanto peso sobre sí misma y olvidará que acuna el odio. Sacudirá su lastre y volverá repleta de paz y armonía o, a consecuencia de nuestra forma de evadir responsabilidades, se pudra para los restos. Y todo esto habrá sido un segundo en el tiempo. Tan efímero que, absolutamente nadie recordará nuestro paso por el mundo.
La vida se está muriendo y a nadie parece importarle. Ocupados con su absurda batalla de egos.
"El ser humano es malo por naturaleza", he escuchado esto tantas veces, que no me puedo creer cómo mi alma se estremece cada vez que abro los ojos y veo el mundo que nos han dejado.
El ser humano es bueno por naturaleza, es esta vida que nos han vendido la que (n)os hace absurdamente malos.
Por eso, y aunque estéis cansadxs de oírlo, el feminismo es tan necesario. Una lucha que trata de abolir cualquier forma de opresión no puede ser mala, sin embargo, y cómo no; hay quienes la malinterpretan. Y las personas, egocéntricas y llenas de soberbia, en vez de explicar y dar a entender, prefiere seguir con su batalla de egos absurda.
Por eso, querida vida, tu existencia debe ser efímera. No puedes seguir acunando tanta mierda. Tu final debe ser necesario e inevitable.
Pero, antes de que te vayas, quiérenos. Enséñanos todo lo que nos hemos perdido por absurdos. Así el mundo acabará llorando y tú, por fin, libre.

sábado, 21 de mayo de 2016

5



Amanece turbia, mi cabeza.
Cansada de pensar y de autodestruirse. Los ojos me pican y me lloran, por instinto. Quizá queriendo limpiar algo que va por dentro.
Amanece demasiado temprano, y yo sin mi café. Las calles ya están despiertas, los pájaros llevan cantando desde las cinco de la mañana. Y mi silencio con ellos.
Huele a verano.
Mi cabeza grita.
Cierro los ojos y me imagino cosas extrañas. Cosas que perturban mi muy necesitado sueño. Nada. No hay manera.
Los pañuelos manchados de sangre. Quizá me esté llegando la hora. Los pájaros siguen cantando, retumbando en mi cabeza. Mientras los miedos llaman a mi puerta. Arañando las paredes.

¿Sales a jugar?

jueves, 28 de abril de 2016

Kala.


Una vez supe amar.
Supe mirar a los ojos y no verme reflejada.
Una vez no impuse mi presencia,
 sólo me quedé ahí observando sus grandes ojos azules
que acudían a mí en busca de cariño y luego, sin más; se largaban.
Dejándome con la sonrisa a medias y las yemas repletas de caricias incompletas.
Una vez amé,
 y sus manos eran garras.
Mordía y luego besaba.
Te daba tregua y luego volvía con más fuerza.
Una vez amé tanto, que me daba igual ser despertada a las siete de la mañana,
aún habiendo llegado a casa a las seis y media con los efectos del speed desvaneciéndose.
Incluso, lo intuía y antes de poder despertarme, yo ya estaba acariciando su pelo.
Amé.
Y sé que fue amor verdadero porque aún permanece en mi recuerdo.
Porque sin saberlo, deseo lo mejor para su vida, aunque sea lejos de la mía.
Amé y fue horrible.
Las noches en vela por su culpa,
las tardes tumbadas en el sofá viendo películas.
Los canutos a medias dónde yo expulsaba el humo y ella lo atrapaba.
Amé como se aman los locos,
con prisas pero intenso.

Así que la dejé marchar
para ser libre
y derramé lágrimas
de rabia
o de tristeza
al saber que,
más tarde que temprano,
ella acabaría por olvidarme.

sábado, 26 de marzo de 2016

estoy rota, pero me quiero mucho


La vida me pide un cambio. Yo me enciendo otro cigarro y pienso: "mañana". Levanto la vista y el cielo me llama. Sube. Aún más.
Recojo mi pelo y sonrío.
Estoy loca, pero me quiero mucho.
Echo las culpas en un frasco. Lo regalo.
Quizá en otro momento.
Miro al espejo y me veo. Estoy ahí, tengo el escudo. Lo acaricio con cariño, me muerdo el labio y digo: «me has salvado tantas veces como matado. Va siendo hora de darnos tregua».
Recojo los pedazos y los guardo como trofeos. Estoy rota, pero sigo aquí.
No necesito a nadie. Ese es tu regalo.
No te necesito y te mantengo a mi lado.
Así para cualquier cosa. Así para cualquier persona que dejo apoyarse en mi regazo.
Ya no corto. Ya no quemo. Sólo aullo. Sólo muerdo. No estoy para tonterías ni me afectan lo más mínimo. Soy fuerte y estoy rota. Me encanta repetírmelo.
Estoy rota, pero me quiero tanto.
Cierro los ojos porque me pesa el mundo. Las cicatrices me recuerdan que fui mi peor enemiga. Cuánto daño soy capaz de hacerme, pero sobre todo de aguantar.
Soy dulzura y soy veneno.
Tú sabrás qué quieres de mis manos.

domingo, 21 de febrero de 2016

zorra


Cierro los ojos y dejo un espacio insignificante que me deja ver una imagen poco nítida. Borrosa, como dirían los mediocres.
Te veo ahí, observándome con esos ojos que ya casi ni recuerdo. Con esa mirada que me gritaba "estás loca" y luego se acercaba para besarme.
Agito la cabeza y tarareo una canción. Quién sabe, quizá de Slipknot. O quizá mi subconsciente me esté pidiendo a gritos que te cante One.
Es entonces cuando empiezo a no ver nada. Todo se ha vuelto negro y mis manos acarician tu rostro. Sé que sonríes. Preguntas qué estoy haciendo. Y yo respondo "quiero hacer un mapa táctil de ti por si alguna vez me quedo ciega".
Entonces, luz. Tus ojos vuelven a juzgarme y mis piernas siguen sobre tu regazo.
Ahora te toca besarme.
Pero en cambio, una ráfaga de aire frío roza mis agrietados labios. Alzo la mirada hacía el palacio, que roza el cielo donde unos cuántos pájaros en formación intentan ir hacía alguna parte.

Oscuridad.
Ahora estás fumando un cigarrillo. Tus labios sujetan el filtro y tus pómulos se marcan dejando escapar el humo por la nariz.
Te robo el tabaco y saco un papelillo. Respondo con una mirada de desprecio a las palabras que pronuncias y antes de darte cuenta ya te estoy pidiendo el mechero. Chúpate esa, capullo.

Confío en ti.
Y sus manos agarran mi torso. Lo sé, quizá debería estar menos loca. Y me grita "la próxima vez que vayas a hacer algo así avísame, joder". Le estoy volviendo loco y yo me muerdo el labio; "gracias por cogerme".

Cierro los ojos. Ahora en serio, con la esperanza de que al abrirlos estén allí sus ojos negros. Pero nada.
En cambio, un montón de bruma y mil mensajes sin destino que se pudren en mis manos.
Cómo es posible que un día sea suficiente y al mismo tiempo nada.
Así que, muerdo mis ganas y le pongo un bozal a mis delirios. Yo no he perdido la cordura, porque para perder algo, primero hay que tenerlo.
Aprieto los dientes y sonrío con gran esfuerzo.

Tú no sabes lo que te has perdido,
pero vas a saberlo.

domingo, 3 de enero de 2016

la muerte no me llama por mis pantalones sucios


«...»
Me guardo disculpas en un tarro que jamás abrí. Que nadie jamás leyó, excepto yo. Disculpas por ser yo. Por no saber parar a tiempo, cuando la herida sólo escuece.
Yo me enciendo el cigarrillo y lo apago entre las yagas.  Escribo perdón y me desentiendo.
Me guardo la culpa en el cajón de las braguitas, la revuelvo y hago que se esconda, que no duela. Dejo a remordimientos entre los zapatos, a ver si con un poco de suerte los voy pisando y no tengo que hacerme cargo.
Y sin embargo,
duele.
Así que me pregunto qué es eso que hago tan mal para que nunca nada salga bien. Miro por la ventana y saltar me parece la opción más difícil, porque seguro que echo a volar con tal de joderme la vida. Tú no lo entiendes.
Aprieto los dientes y cierro los puños, con la vaga esperanza de que nadie note que estoy a punto de perder la poca cordura que me queda.
Se humedecen mis ojos y las uñas se me clavan con más fuerza sobre la palma de las manos.
Ni de coña, no aquí, no ahora.
Siento las miradas cada vez más cerca, cada vez más fijas. Arde. Mi paciencia arde.
Miro con desprecio para que se esfumen mis ahora reprimidas lágrimas.
Vete, no quiero verte.
Y el corazón en carne muerta.
Recojo los trocitos por si a caso.
Mírales, si les ves diles que no fue por mi culpa. Que lo tenía todo bajo control pero me tiré al vacío antes de ponerlo en orden.
Esparzo el caos y se encienden las alarmas.
Mis pensamientos se cruzan demasiado rápido y no me da tiempo a manejarlos todos. Poner el punto y final. Sacar a conclusión y ponerla sobre la mesa, junto a prioridades.
En cambio, lo que hago es cerrar la puerta.
A lo lejos, la solución más práctica.
Un whisky con hielos, por favor.
Definitivamente,
hay gente que no está hecha para la vida.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

×


Debe ser eso, que carezco de sentimientos. Que lo vengo avisando de hace tiempo; pero nunca llegué a pensar que fuera tan monstruo.
Que sí, que me importa una mierda hacer daño. Que sólo soy una sombra, en el lado más oscuro de la luna. Irónico, ¿no?
Quizá es eso. Que manejo dos caras y no sé cómo controlarlas. Que me arrepiento muy poco y la cago muchísimo más. Que soy yo la que duerme bajo la cama. Que soy yo la mala influencia de las que papá y mamá intentan alejarte. Que deberían encerrarme por insana. Proteger al mundo de mis garras. De romper todo lo que toco.
Y sí, quizá exagero un poco. Que al menos conservo un poco de cordura, por eso de que no salgo a la calle y vuelvo con sangre en las manos. Que por lo menos tengo salud, y ni eso.
Que me resguardo bajo mil vicios. Que le canto sonatas de invierno a mis demonios:

"Después de una noche en lucha con el pecado y el insomnio, nada purifica el alma como bañarse en la oración y oír una misa al rayar el día. La oración entonces es también un rocío matinal y la calentura del infierno se apaga con él. Yo, como he sido una gran pecadora, aprendí esto en los albores de mi vida, y en aquella ocasión, no podía olvidarlo".

Que sí, que tampoco es que esto venga a cuento. Que yo subí a aquel taxi porque Madrid me estaba ardiendo. Que le contaba historias de odio a los folios porque esto de ser horrible por dentro no importa una mierda cuando eres bonita. Que la gente prefiere amor, pensar que todo es bello. Que nada les aflige. Vivir en su mundo de mierda. Ignorar que la vida es una jodida puta.
Y así vivo yo, ignorando que soy un monstruo. Que arraso con todo aquello que toco, que debería proteger. Que ni siquiera me importa.
Así que cojo el folio como si fuera un arma y aprieto el gatillo.
Total, ser o no ser es algo que ya no recuerdo. Quizá lo fui antaño y ahora me estoy pudriendo. Que madurar es empezar a pudrirse y a mí ya me están comiendo los gusanos. Que no les di tiempo a ser mariposas y de haberlo sido alguna vez, las habría quemado. No hay quién viva en esta sombra. La luna ya no me deja aullarla y a mí ya no hay quién me soporte.

Debe ser eso.

martes, 15 de diciembre de 2015

Remember us.



Antes de seguir escribiendo, quería comentarte algo.
Verás, las últimas mil veces que hemos hablado, la cosa ha terminado con una serie de silencios en los que yo digo algo, y después otra cosa para modificarlo, y luego me disculpo en cierto modo, y después lo retiro de cierta manera.
Esto sería divertido si nos basásemos en una escena de Mia Wallace y Vincent Vega; divertido las primeras veces, pero no tendría por qué ser así, porque yo debería ser capaz de marcharme diciéndote: “Que tengas un buen día, ya nos veremos”.
Es evidente que me esfuerzo en buscar algo que decir, y después lo justifico entre silencios. Debería dejar de disculparme por ser extremadamente analítica acerca de esto, aunque realmente lo siento (no por ti, sino en un sentido más profundo, ¿sabes? Lamento mi desorden mental y ser quien soy. Hago lo que puedo, menos chutarme heroína para cambiarlo, pero tengo cierto pánico a las agujas y muy bajo presupuesto).
Es obvio que la dinámica de las relaciones sentimentales nos fascina a ambos, y que los dos pasamos por lo mismo en cierto modo, y cada uno por su parte.
Está claro que me gustas mucho. Pero no de una manera opresiva obsesiva (bueno, puede que sí), ni en plan “acabo de ponerme cachonda mirando una foto tuya”, sino de la manera que me estoy desviviendo para que formes parte de mi vida, o para averiguar adónde nos lleva esto.
Semanas antes de conocerte hablaba sobre que sería una novia horrible en este momento de mi vida (y en cualquiera de ellos).
Me siento bien contigo, y me intriga la posibilidad de compartir contigo cierto tipo de preocupaciones con regularidad (Inciso: quería estar contigo, luego me producía una sensación de vacío; que odiabas todas las canciones que a mí me gustaban; y a veces, me aburría tanto que provocaba discusiones con el fin de experimentar la sensación de estar a punto de perderte). Debido a la distancia que recientemente nos separa, esto no va a poder suceder de un modo natural, y debido a que yo soy como soy, me cuesta hacerme a la idea.
Y es por eso que intento averiguar si te veré cuando vuelvas a casa, o si piensas en mí cuando te la cascas (de ti me espero cualquier cosa), o hasta qué punto estás dispuesto a complicarte la vida.
El día que nos conocimos, cuando me dijiste que me reuniese contigo en aquel parque, estaba convencida de que cuando llegase me habrías tomado el pelo y te habrías ido a algún otro sitio. Eres tremendamente impertinente.
Cuando empezamos a mandarnos mensajes; los míos eran largos y recargados en un intento de demostrarte lo retorcido que era mi sentido del humor y lo mucho que sabía sobre “todo en general”. Los tuyos eran breves y en ellos se podían leer nada y todo a la vez, porque siempre tenías la palabra adecuada que decir.
El día que intentaste besarme y yo me hice la difícil (para acabar cambiando los roles), mantuvimos nuestra versión de una amistad hasta que, al final, nos besamos en el parque de aquella urbanización y luego quise comerte a besos en las escaleras que subimos hacía no recuerdo dónde. Me decepcionó lo mucho que sabían a nicotina tus labios y lo callado que te quedabas cuando tenías una erección. Todo esto fue seguido de meses de encuentros sexuales esporádicos y que a menudo me ocasionaban quebraderos de cabeza sin sentido.
Pasabas de mí durante semanas y durante ese tiempo bebía y fumaba mientras te odiaba imaginando que vendrías a disculparte y todo volvería a ser el sin sentido de antes.
Y tú estúpida confesión de ser completamente iguales.
Cuando empezamos a hablar más sinceros pensé que aumentaría tu “respeto” hacia mí, pero lo único que conseguía era más tiempo para finalmente volver a escabullirme esperando que nadie me preguntase adónde iba, porque me vería obligada a mentir.
Lo hicimos una vez más antes de volver a la misma puta incertidumbre de siempre; pero mi corazón ya no está por la labor, si es que mi corazón lo había estado antes. De haber escrito esto entonces, habría adornado un poco la historia. Habría escrito sobre lo incomprendido que eres y que únicamente estabas triste, asustado y que te sentías solo. Me habría reído al describir todas las extrañas libertades sexuales que dejé que te tomaras conmigo y tu general inmadurez (como tu estúpida manía de acabar de follar y ponerte un cigarrillo en la boca como cualquier actor en una película dirigida por Clint Eastwood o Quentin Tarantino, con una pose de haber terminado bien tu “trabajo”). Antes de entrar a tu casa, siempre me recordaba a mí misma que no era precisamente ahí donde se suponía que tenía que estar, pero las paradas en boxes están permitidas en la carretera de la vida, ¿verdad?
Me consideraba a mí misma una especie de chica privilegiada con baja autoestima que era afortunada por compartir una pequeña parte de tu mundo y sentir que nadie más había entrado en él y que por esa razón no me considerarías una más que se conforma con sus relaciones de apoyo y con sus típicas historietas de amor.
Haríamos como Sid y Nancy y nos negaríamos a sentar la cabeza por el statu quo. Nosotros seríamos “guais”.
No siempre fue fácil vivir dentro de mi cerebro.
Aun así, no conseguí entenderlo. Tú estabas ocupado con tus “otras cosas”. ¿Por qué seguía llamándote? Supongo esperaba que cambiases tu manera de ser; que me hablases claro de una vez sobre lo que esperabas de mí, incluso en nuestros peores momentos.
Confieso que, a pesar de sentir curiosidad ante esta nueva dinámica de falta de respeto, en el fondo no quería que todo ocurriese así. Hacía que me sintiera silenciada, sola y como si fuese una persona distinta a la que soy; una sensación que considero el punto más bajo de la miseria humana, a la altura de las náuseas extremas sin vómitos.
El final nunca llega cuando uno se lo espera. Siempre viene diez pasos después del peor momento, y luego da un giro extraño a la izquierda. No sé, siempre he pensado que los amigos pueden follar si no se besan, a lo Pretty Woman.
El último día me dejaste ser yo misma, después me puse de los nervios esperando una disculpa que nunca llegó. Creí que era lo bastante lista y lo bastante práctica como para distinguir entre lo que tú me hacías sentir que era y lo que realmente sabía que era.
Creía que era totalmente capaz de ser tratada con una indiferencia que rayaba en el desprecio al tiempo que mantenía una fuerte sensación de amor propio.
Obedecía tus “órdenes”, convencida de que podía interpretar este papel al tiempo que protegía ese lugar sagrado dentro de mí que sabía que merecía algo más. Algo diferente. Pero no es así como funciona. Cuando alguien te muestra lo poco que significas para esa persona y tú vuelves a por más, antes de que te des cuenta empezarás a significar poco para ti mismo. Que te traten como una mierda no es ningún juego divertido ni ningún experimento intelectual transgresivo. Es algo que aceptas, que consientes y que acabas creyendo que mereces. Y te escribo esto porque supongo que tú has sentido lo mismo; pero yo intenté hacerlo complicado. Me dije a mí misma que yo me lo había buscado. Después de todo, nunca me dijiste que la cosa fuese en serio. Me dejaste claro desde el principio que eras un caso perdido y que decías las cosas como eran; aunque realmente nunca expresaste nada que me diese a entender que no era lo que buscabas. Y siempre volvías. Nunca prometiste que me llamarías.
Pero también creo que, cuando iniciamos una relación íntima, hacemos la promesa humana básica de ser honrados, de ser respetuosos mientras nos exploramos el uno al otro.
¿Cómo es posible que a alguien que le importa tanto la justicia social le importen tan poco mis sentimientos?
Lo que quiero decir es, que la vida es una mierda, que ya nadie puede fiarse de nadie, pero que yo te he demostrado que lo mío no es un capricho de niña pequeña, que puedo llegar a ser un maldito coñazo de cojones y que no voy a parar hasta obtener una maldita respuesta.

PD: Si no tienes nada que responder, será una especie de justicia poética increíble. Y, sobre todo, siento que este mensaje sea tan poco divertido.
PD1: Cuidado con las taquicardias. Coge aire.

lunes, 7 de diciembre de 2015

love will tear us apart, again #2



Llevamos cinco minutos en silencio, la música del garito se escucha cada vez más al fondo y empiezo a tararear el ritmo. Noto sus ojos clavados en mí, esperando una respuesta a su presencia, pero estoy tratando de convencerme, de ignorar que esto está pasando y que yo lo estoy permitiendo.
- ¿Vas a decirme algo, hija de la ruina? - rompe el silencio con esa forma suya. Y yo finjo no escucharle. - Laura - me coge del brazo y se pone frente a mí.
Yo me he parado en seco y le miro los cordones de los zapatos. Quito mi mirada un segundo y vuelvo a sacar otro cigarrillo. ¿Qué coño espera que le diga?
Alzo la mirada y le observo en silencio. No sé si porque le odio tanto como le quiero, o porque llegado el momento el alcohol me da sueño. De una forma u otra, sé que no estoy para sus juegos.
- ¿Estás bien? - está gritándome. Le oigo gritar de fondo, y sin embargo le tengo frente a mí. - Laura, qué coño haces, levántate.
¿Qué coño dice? Aparto los ojos de su mirada y se vuelve todo negro.

Según abro los ojos, las imágenes empiezan a hacerse nítidas y ahogo un grito. Los muebles, la cama, los pósteres. Todo empieza a parecerme familiar. De repente recuerdo estar con Héctor en la calle y miro bajo las sábanas. No estoy desnuda, pero llevo calzoncillos y una camiseta que no es mía.
Veo los libros en la estantería y sonrío recordándolo todo. La habitación está a oscuras y sólo se ve un poco por la luz que deja entrar los recuadros de la persiana. Busco la puerta y la abro.
Una bofetada de luz me cierra los ojos.
- ¿Héctor? - susurro lo más fuerte que puedo mientras sigo caminando.
Llego al salón y le veo durmiendo en el sofá. «Menudo payaso», pienso.
Voy a la cocina y me hago un café. Me lo pienso dos veces antes de hacerlo, y le preparo un vaso de leche a él también. Llevo todo en silencio al salón y lo pongo sobre la mesa.
Me he quedado de pie frente a él, le miro. Su pelo rizado despeinado sobre sus mofletes. Lo tierno que parece mientras duerme.
Tomo mi café y vuelvo a la habitación a hacer la cama. Encuentro mi ropa sobre la silla y me cambio, busco en su mesilla un papel y un boli. Lo tiene todo desordenado, lleno de cajetillas de tabaco vacías y ceniceros llenos de ceniza y colillas. Los libros apilados unos encima de otros, los discos de Joy Division y esa estúpida hucha de c3po.
Por fin veo papeles donde al parecer ha estado escribiendo. Ignoro todo aquello y cojo un papel en blanco y escribo un simple y grotesco «gracias». Lo pongo sobre la cama y hecho un último vistazo al salón, sigue allí tal y como lo había dejado.
Cierro la puerta y me largo.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Escondite #1



Giro mi cuello y miro a lo lejos. El bar está abarrotado de gente y yo ya estoy empezando a agobiarme. Miro al camarero y los dos asentimos, como si nos leyésemos las mentes, como si ya me conociera.
De fondo suena Boikot y el futbolín le hace el ritmo. Mis ojos buscan algo de tregua alrededor, y de repente, el camarero trae mi Jack Daniel's. Pago a regañadientes los 7€ y disfruto del capricho que acabo de ofrecerme.
Llevo como diez minutos agitando mis piernas. Esta ansiedad acabará matándome. Mordisqueo mis labios por dentro y de vez en cuando noto un sabor a sangre que disimulo con un trago de Jack.
Empiezo a pensar. Intento recordar quién soy, qué estoy haciendo en ese sitio.
Remuevo los hielos con los dedos y me los chupo, alzo la mirada y mis ojos entran en contacto con los de Héctor. Un chico moreno con los ojos verdes, delgado, por la droga. El flaco que me dejó el corazón hecho pedazos en septiembre. El hijo de puta que llegó a desnudarme sin quitarme la ropa, y me dejó allí. Congelada. Sin coraza.
Bajo la mirada y finjo que me importa una mierda, que ni siquiera me he dado cuenta. Pero es demasiado tarde, ya he esbozado una sonrisa tímida y él me ha visto. Él siempre lo sabía todo. Incluso antes de que yo lo pensara siquiera, él ya sabía lo que iba a decir. Me tenía calada hasta los huesos y yo, un año después, aún desconocía todo su ser. Y quizá era eso lo que no me dejaba dormir por las noches.
Bebo todo lo que me queda de un trago y me levanto del asiento. Los hielos chocan con mis paletas y un frío recorre todo mi cuerpo. Me pongo la chaqueta y salgo del garito.
Me abro paso a empujones y lo escucho. Oigo su voz pronunciando mi nombre y noto cómo se me encoge el corazón. Llego a la puerta y apoyo todo mi cuerpo para poder abrirlo. No tengo fuerzas, ni ganas.
Saco un cigarrillo y me lo coloco entre los labios, busco mi mechero, pero no lo encuentro. Empiezo a maldecir en voz alta.
- Toma, pequeña. - una llama aparece frente a mi cigarrillo. La acepto sin rechistar mientras miro a sus ojos. Tan verdes y tan tristes como recordaba. Noto como se alegran de verme y eso me estremece aún más.
- Gracias. - respondo con una apatía que roza la estupidez, y me vuelvo dispuesta a marcharme.
- No vas a cambiar nunca, ¿verdad?
- ¿Qué quieres, Héctor? - Menuda pregunta más estúpida, ¿qué va a querer? lo de siempre, mi corazón en bandeja, su tregua entre mis brazos, que le afloje la camisa de fuerza, y sabe que estoy dispuesta a hacerlo; "márchate", me repite mi sentido común. "Quédate un poco más" me dice una mezcla de orgullo y curiosidad.
- ¿A dónde vas?
- A casa, estoy cansada. Me alegro de verte. Adiós. - Digo casi sin dejar pausa entre una frase y otra.
- Te acompaño.
- ¿Estás de coña? - Digo, sabiendo que él nunca está de coña. Miro sus ojos y antes de que pueda mediar palabra alguna asiento - En fin, si te hace ilusión.
Y esbozo un suspiro lleno de humo. Siento el calor de su cuerpo caminando junto al mío y no dejo de mirar al suelo, evitando cualquier contacto con sus ojos. Evitando perder la poca cordura que me queda y esperando que aquellas copas de más no me jueguen una mala pasada ahora.

jueves, 26 de noviembre de 2015

cualquier cosa menos lo que tengo que hacer


Cierro los ojos y me paro a pensar,
que me pesa el mundo entre los dedos y no tengo dónde sostener toda esta mediocridad y miseria.
Miro a mi al rededor y nadie habla. Estoy sola y esto pesa demasiado.
Así que, me paro, porque no puedo más.
De nada sirve estar ahí, sin más, cuando todo pesa igual o incluso el doble.
Me muevo. Nada cambia.
Cierro los ojos; ¿cómo lo hago?
No tengo ganas, no tengo fuerzas. Mis ojos quieren humedecerse pero aquella niña creció creyendo que eso era de inmaduros que no sabían solucionar sus problemas y, ella no quería ser una de esas. Así que, por suerte o por desgracia; no lloro.
No siento.
Recuerdo tus ojos y echo de menos tu voz. Yo, que ya creí haberte superado. La miro a ella y sé que yo nunca seré suficiente. Que nunca tendré esa sonrisa, ni sabré hacerte feliz como ella lo hacía.
Sólo seré una mediocre más buscando una salida. Cambiándose de vestido por si hay que celebrarlo. Que ya por fin la he encontrado y todo esto sólo habrá sido una pesadilla.
Pero cierro los ojos y, nada, absolutamente nada, ha cambiado.
Así que cierro los puños y aprieto los dientes. Quizá debería decirle al mundo que me rindo y tragarme este orgullo de mierda, de seguir en pie aunque me tiemblen las rodillas y hablar con la chica del espejo.
¿Yo quién soy y tú quién eres?
A quién le importa.
Quiero que me sostengan sus brazos, pero están cansados de sostener mi mundo y yo sólo los aparto cuando me quieren acariciar.
Lo siento.
Nunca he sido buena para nadie.

sábado, 7 de noviembre de 2015

nostalgia


No nos enseñaron a desconfiar de los buenos, y tampoco nos dijeron que ser buena persona no signficia portarse bien.

Quería decirte que te echo de menos, que a veces cuando miro al cielo y lo veo revuelto me acuerdo de mis días a tu lado. Que adoro los días grises aunque tú ya no me abrigues y que más tarde que temprano, aprendí a abrigarme yo sola la piel. 
Quizá ahora puedo entenderte, y créeme, no es nada fácil. Quiero decirle que no soy yo, que no se ahogue en este charco. Pero a veces necesito que me hablen de mí misma, para no olvidarme.
Supe curarme las heridas sola, a salir porque tú ya no me sacabas. A frenar y mirar más de cerca. Me diste más al irte que lo que podrías haberme dado si te hubieras quedado. Y no sé cómo agradecértelo sin besarte hasta las ganas.
Me siento tan libre que a veces necesito realidad para no salirme, yo que siempre he sido de vivir al margen para no torcerme; ahora ya me da igual.
He aprendido que la vida es eso, el momento, y los planes de futuro son sólo para cobardes. Que el pasado enseña más que recrimina, y que el tiempo, a veces amigo del hombre, todo lo deja atrás.
Debí darte las manos. Calmar esta ansiedad. Contarte que he juntado los extremos, que he cerrado los ciclos. Que he aprendido a ser, a secas.
Que me encanta verme desnuda, y desnudarme para mí aunque ya no sean tus manos las que me toquen. Aunque ya no sean tus ojos los que me desnuden, y persistan otras voces intentando conocerme. Cuéntales que todo eso es imposible, que la vida es desconocerse. Ternerlo todo menos claro, aunque lo tengas, y dejarlo en reserva para cuando venga el mono.
Discúlpame si alguna vez te hice sentir culpable. Que no te lloré a ti, más bien a mis expectativas, y es una lástima que no las cumplieras. 
Te habría hecho tan feliz entre mis manos, que a veces siento lástima por ti. Pero aún así, te quiero.

A veces hablo con la luna porque siempre me acompaña en cada insomnio, y contando el gotelé del techo le explico que no todos los caminos conducen a Roma. Y todos hablan de sus ruinas.
Pero nadie sabe que aún en ruinas, sigue siendo bonita. Hablo de mi madre.
Y aunque la luna no me entienda, yo sé que lobo siempre fue más de los míos. De enseñar los dientes y aullarle a la nostalgia. Por qué tú y por qué yo.
De viajar en solitario, a tientas de que podría volver a encontrarme con tus ojos y perderme. Justo ahora que acabo de encontrarme y no me disgusta lo que veo.
La vida es tan caprichosa, que me parece una mierda no creer en el destino. Que tú y yo teníamos que encontrarnos en el sitio menos pensado después de tanto tiempo y que haya sucedido porque mis planes se hayan jodido de antemano. Que de haber cogido otro camino ya te habrías olvidado de mis manos. Y qué bonito fue perderme en un instante en tu sonrisa.
No quiero volver a mentirme,
que he aprendido a salir porque tú ya no me sacas. Que ahora gasto mi dinero en otras cosas, que he dejado los vicios y, a quién pretendo engañar.
Está bien: sigo en esa mierda.
Me flipa como todo se derrumba y a nadie parece importarle. Ahora canto para no oírme, para desinhibirme de todo este drama. Acariciando mis muñecas para no cortarlas.
Que sigo queriendo ser la chica de tu baile. La del jazz a las doce de la noche.

Me pregunto en dónde estarás,
quién te besará ahora las heridas
si lo hace con la misma ternura que yo.
Si has encontrado tu camino, si sigues en la línea de torcerte por las noches.
Yo sigo queriendo ser a medias en tu colchón. Ver amanecer Madrid con tu culo en mi cama, y que le jodan al despertador.

Dejar de ser la chica triste, que ya aburre.
Encontrar al hombre que no huya de mí y escabullirme por la puerta de atrás.
No estoy hecha para estos trotes.
Quiéreme por encima de tus posibilidades, que ya sabes que para follar, a mí, no me gana nadie.
Sigo siendo la chica de las poesías a medias, por eso de que se desangra a media línea. Fumando en la terraza de cualquier sitio de mierda.

Sácame a bailar,
baila para mí en la oscuridad.



sábado, 10 de octubre de 2015

camareros son psicólogos y encima dan de beber




El bar. Las esperas de media hora para el baño para que salgan una mujer y un hombre del mismo baño frotando su nariz. Sus labios.
El bar. Que cierra sus puertas cuando la poli se acerca y te deja quedarte dentro para seguir fumando y bebiendo hasta desgastar el alma. La poca que te queda.
Huir. Pensar que no es lo que quieres para tu alma. Que ya está bastante desgastada. Que habrá que darla un respiro.
Las charlas de un desconocido que cree que me conoce y me llama bitelchus, y me dice que no me destroce. Que soy joven y bonita. Y yo le digo que se calle. Que no son sus labios los que me dicen para. Que sos sus corazones los que quieren abrazarme. Y yo no estoy para estos trotes.
No me des la charla, aléjate de mí. Me alegra que te preocupes por mí, pero no me conoces.
Los cigarrillos a medias, los, "coño, tira eso que viene la poli", los no hagáis ruido me cago en la hostia. Los bailes de ska y los bailes de tocha.
El bingo y mi jodida mala suerte.
No me cabe la sonrisa en la cara.
Coger a la suerte del culo y decirla que no la necesitas. Que te va bien con la mala y que te hace creer que la buena nunca te enseña lo que es bueno. Y una vez que te enseña lo malo, aprendes a apreciar lo bueno.
Y ponte otro tercio que este ya hace tiempo que se ha terminado.
Salir agotada de cansancio. Cruzar las calles oscuras y pensar que cualquier hijo de puta que pueda acercarse se llevará un cigarro en el ojo. Sentirme fuerte. Odiar esta sociedad. Odiar al mundo entero. No me caéis bien.

El bar, que abre las puertas y se desangran las heridas. Las lágrimas reprimidas en la barra por un amor que no redime. Por una vida que no da tregua. La barra que ha visto de todo y nada calla. Que deja sus machas de alcohol y tus historias por los suelos. Que ahí fuiste infeliz y allí te metiste tu primer tirito. Tiritar por el frío de Octubre.
Volver al bar a refugiarse de uno mismo. Dónde estoy y por qué no hay espejos.
Quizá para no vernos las caras de enfermos. Seguir manteniéndonos.
¿Quién eres tú? ¿a quién le importa?

Nacemos solos;
morimos solos.
Y a veces con una nota de auxilio.
Ahora lloráis porque no hay remedio.
Los corazones rotos y las caras falsas.
Bon voyage, por mi parte, nada más.

El bar, que te da envidia con su Jacks Danield's en la barra. Soy demasiado caro para ti, asúmelo.
Ni siquiera tienen alhambra. Habrá que conformarse con heineken.
Ya me he conformado a esta vida, puedo permitírselo a una cerveza.
Los textos enfermizos a las 04:18 de la mañana.
Las despedidas entre líneas de las que nadie habla.

Los: ¿te has dado cuenta de quién es?
El echar de menos a las cinco de la mañana. Pensar mil veces en llamar. En colgar en el primer tono. Con oculto, claro. Cubrirse las espaldas.
Dejar pasar como si no te importara. No quieras entenderme porque no quiero explicártelo.
La chilaba. Sonreírle a alguien que desconoces. Ofrecerle media vida en tu cama y echarlo a patadas. Aquí no queremos a ladrones de corazones rotos. Que los pasillos guardan silencio y el reloj no para de repetirme lo absrudo de mi tiempo. Lo absurdo de mi vida y lo contingente que es mi existencia.

No tengas prisa por olvidarme, que siempre soy la que sonríe detrás de la barra donde nadie la ve. Y en esa, casi nadie suele fijarse.

No tengas pena por mí;
yo no la tengo por ti.

viernes, 2 de octubre de 2015

es ruido todo lo que esconde.



Había una vez una chica triste que huía del frío que la quemaba por dentro, e irónicamente lo hacía en el frío de la calle, en el frío de los hielos que se derretían en su vaso; y sonreía.
Sonreía porque amaba el frío, su cielo gris, el viento que despeinaba su cabello, sus nudillos rojos y agrietados, al igual que sus labios, su lluvia y el sonido que entraba por la ventana cada noche para acompañarla en su tristeza y convertir su silencio en melodía.

Había una vez una chica con el corazón tan congelado, que la daba igual en qué manos dejarlo, sólo quería deshacerse de él. Y cuando por fin encontraba unas manos tendidas y lo dejaba allí; éste caía al suelo y se rompía en mil pedazos.
Os sorprendería saber la cantidad de rotos que se le pueden hacer a algo que ya estaba completamente roto.

Había una vez una chica que no lloraba nunca, porque dolía. Si el corazón era de hielo, imagínate las lágrimas. Así que escribía con la esperanza de que dejase de doler. Pero nunca lo hacía. Y quizá la encantaba estar triste y tomar café a las seis de la mañana mientras se preguntaba qué hacía despierta si a nadie le importaba. Y soltaba el humo como un suspiro inmenso. Y se abrazaba a su dolor y éste nunca le fallaba.

Crecía en su silencio cada día y a cambio pedía un poco de tregua (en su cabeza) que jamás guardaba silencio. Así que ponía la musica en sus cascos para poder desahogarse en otras vidas y nunca pedía nada a cambio. Ella sonreía para ella misma y se desnudaba para sentirse libre.
Nada de amor, ni de compartir silencios ni tristeza.

Había una vez una chica egoísta que amaba su tristeza y odiaba a todo aquel que llegaba y decía "conmigo aquí dejarás de estarlo"; como si yo se lo hubiera pedido a alguien.
Cierra la maldita boca. No pretendas llegar y quitarle el sitio a alguien que lleva tanto tiempo conmigo, que incluso la quiero.
Quién te crees que eres tú para decir eso.

Cerrad la puta boca.
Había una vez una chica preciosa que en realidad no lo era y soltaba mucha palabrota por la boca, y bebía cerveza de tubo mientras sentaba su culo en el suelo y se fumaba un buen porro para olvidarse de su existencia.
Como comprenderás no le interesa una mierda lo que digas.

Así que, silencio, por favor.
Los poetas estamos cansados del ruido.

martes, 29 de septiembre de 2015

Cuando escriben los poetas.



Hablan los poetas de los corazones rotos, los vasos vacíos y sucios de algún bar en donde nadie se mira a los ojos y vacían sus almas en pequeños frascos de cristal. Hablan los poetas sobre la luz de la luna, cuando está llena, y ya no parece tan pequeña ni tan frágil, de como las estrellas se quejan de su soledad infinita, que ya ni existen.
Hablan los poetas de lugares, como si fueran inmensos y no acabasen. Como si fuese infinita su belleza, como si el hombre nunca fuera a destrozarla, como lo hace con todo.
Escriben, los poetas escriben y callan.
Porque el silencio también es poesía y a veces dice más que mil palabras juntas. Escriben porque saben que alguien escucha, y nadie quiere ser juzgado de loco cuando hablan de unos ojos que no han visto nunca.
Hablan de las botellas vacías, de los colchones abandonados en alguna esquina, de las jeringuillas de los parques donde la vida pasa rápido e ignora. Porque a nadie le importa si no la sigues el ritmo.
¿Y a los poetas? ¿Quiénes les escriben?
Quiénes hablan de sus ojeras inmensas por un amor que no redime y que ya no existe, pero perdura en la memoria porque los poetas no olvidan... porque olvidar es antipoético. Los poetas rompen sus poemas pero siguen estando en su cabeza. Quiénes hablan de sus ceniceros llenos de cenizas, de su vaso lleno de whisky y sus miles de libros apilados en la estantería, y en los muebles. Quiénes lloran por los poetas, si éstos no lo hacen. Quién les dice que todo va a ir jodidamente mal, pero que no están solos. Si los poetas aman la soledad y añoran el calor de un abrazo sincero. Quién entiende a los poetas que se contradicen una y otra vez por un poco de cordura que en realidad ni quieren.
Los poetas escriben, hablan de la vida que pasa desapercibida en los ojos de un cualquiera que no sabe pararse a ver, en vez de a mirar. Hacen que el tiempo cobre sentido fuera de las agujas del reloj.
Los poetas dan sentido a nuestras vidas, mientras la suya carece de él.
Unos ojos que no llegan para redimir sus almas en pena.
Y entonces; silencio.


Silencio,
los poetas están escribiendo
así que cierra la maldita boca.

domingo, 20 de septiembre de 2015

ognimod



Cuando el mundo agoniza,
yo escucho su risa
y me calma.
Supe curarme las heridas sola,
a lamer los arañazos del corazón
y evitar desangrarme entre otras manos.
No me pidas imposibles cuando cae la noche, que ya sabes que me llaman tristeza y mi vida depende de abrazarla a ella.
Pídele a tus miedos que desaparezcan, no te preocupes si ver a mis demonios es un problema, que sé como esconderlos para que mis manos acaricien ésta vez.
Pero no me pidas que me aleje de mi infierno, porque allí siempre seré yo, y lo de un tú que promete y abraza mis heridas, acaba yéndose por echarse todo mi peso encima. Y qué le voy a hacer, si yo nunca le pedí a nadie que cambiase lo que soy.
Quiéreme con todo lo que eso conlleva.
Que yo ya analicé cada detalle, cada gesto y cada cicatriz para saber dónde duele y nunca acercarme.
De eso se trata quererse, de saber dónde derrumbar a alguien y sólo acercarse para besarse.
Mírame, puedo hundirte en lo más hondo y sin embargo te estoy manteniendo a flote.
Ódiame porque soy un desastre y destrozo todo lo que toco; porque adoro como se siente cuando me echas la bronca por ser insoportable pero te quedas ahí, esperando por que baje la guardia para acercarte y hacerme débil otra vez entre tus brazos.
Que nunca antes alguien ha sabido derretirme cuando me convierto en hielo. Y sin embargo, tú, no haces otra cosa.
Quizá la respuesta sea no preguntarse el por qué, pero si hay una razón por la cuál apareciste en mi vida para ponerla patas arriba y hacerla gemir, no voy a quedarme quieta hasta averiguarlo.
Voy a estar ahí.
Después de tanto tiempo, al fin, voy a ser.

martes, 8 de septiembre de 2015

love u mama.


Lo noto romperse,
caer en pedazos
como se esfuma un suspiro
o un beso en la parada del bus.

Noto como se lleva todo por delante
desquebrajando mi alma
y me pregunto: «¿cuánto?»
¿Qué importará eso ahora?

Miro el reloj,
tic-tac,
tic-tac.
Todo parece ser como siempre,
pero no es así,
sus ojos empiezan a humedecerse...
aún no.

Mantengo la calma,
pero ya se ha ido
sólo me quedan los demonios
apretando el pecho: «hola, ansiedad»
y sólo lo ha conseguido con una sola palabra.
Increíble.

Excusas,
excusas grises y frías
miradas tristes
un adiós que no se dice
por miedo a escucharlo
de sus labios, o de los míos.

Y,
lo noto,
la sensación del pecho
de sentir
debe de ser un milagro
pero duele, como un puñal
otro más
y sangra.

Adiós,
y un beso por mejilla
un abrazo de compasión por nuestras almas.
Y luego,
«silencio».

De eso se trata,
de fingir estar cuerdo
en un mundo de locos
y ahora lo comprendo todo.

Toda una vida, en un suspiro, adiós.