sábado, 5 de diciembre de 2015
Escondite #1
Giro mi cuello y miro a lo lejos. El bar está abarrotado de gente y yo ya estoy empezando a agobiarme. Miro al camarero y los dos asentimos, como si nos leyésemos las mentes, como si ya me conociera.
De fondo suena Boikot y el futbolín le hace el ritmo. Mis ojos buscan algo de tregua alrededor, y de repente, el camarero trae mi Jack Daniel's. Pago a regañadientes los 7€ y disfruto del capricho que acabo de ofrecerme.
Llevo como diez minutos agitando mis piernas. Esta ansiedad acabará matándome. Mordisqueo mis labios por dentro y de vez en cuando noto un sabor a sangre que disimulo con un trago de Jack.
Empiezo a pensar. Intento recordar quién soy, qué estoy haciendo en ese sitio.
Remuevo los hielos con los dedos y me los chupo, alzo la mirada y mis ojos entran en contacto con los de Héctor. Un chico moreno con los ojos verdes, delgado, por la droga. El flaco que me dejó el corazón hecho pedazos en septiembre. El hijo de puta que llegó a desnudarme sin quitarme la ropa, y me dejó allí. Congelada. Sin coraza.
Bajo la mirada y finjo que me importa una mierda, que ni siquiera me he dado cuenta. Pero es demasiado tarde, ya he esbozado una sonrisa tímida y él me ha visto. Él siempre lo sabía todo. Incluso antes de que yo lo pensara siquiera, él ya sabía lo que iba a decir. Me tenía calada hasta los huesos y yo, un año después, aún desconocía todo su ser. Y quizá era eso lo que no me dejaba dormir por las noches.
Bebo todo lo que me queda de un trago y me levanto del asiento. Los hielos chocan con mis paletas y un frío recorre todo mi cuerpo. Me pongo la chaqueta y salgo del garito.
Me abro paso a empujones y lo escucho. Oigo su voz pronunciando mi nombre y noto cómo se me encoge el corazón. Llego a la puerta y apoyo todo mi cuerpo para poder abrirlo. No tengo fuerzas, ni ganas.
Saco un cigarrillo y me lo coloco entre los labios, busco mi mechero, pero no lo encuentro. Empiezo a maldecir en voz alta.
- Toma, pequeña. - una llama aparece frente a mi cigarrillo. La acepto sin rechistar mientras miro a sus ojos. Tan verdes y tan tristes como recordaba. Noto como se alegran de verme y eso me estremece aún más.
- Gracias. - respondo con una apatía que roza la estupidez, y me vuelvo dispuesta a marcharme.
- No vas a cambiar nunca, ¿verdad?
- ¿Qué quieres, Héctor? - Menuda pregunta más estúpida, ¿qué va a querer? lo de siempre, mi corazón en bandeja, su tregua entre mis brazos, que le afloje la camisa de fuerza, y sabe que estoy dispuesta a hacerlo; "márchate", me repite mi sentido común. "Quédate un poco más" me dice una mezcla de orgullo y curiosidad.
- ¿A dónde vas?
- A casa, estoy cansada. Me alegro de verte. Adiós. - Digo casi sin dejar pausa entre una frase y otra.
- Te acompaño.
- ¿Estás de coña? - Digo, sabiendo que él nunca está de coña. Miro sus ojos y antes de que pueda mediar palabra alguna asiento - En fin, si te hace ilusión.
Y esbozo un suspiro lleno de humo. Siento el calor de su cuerpo caminando junto al mío y no dejo de mirar al suelo, evitando cualquier contacto con sus ojos. Evitando perder la poca cordura que me queda y esperando que aquellas copas de más no me jueguen una mala pasada ahora.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario