Lo noto romperse,
caer en pedazos
como se esfuma un suspiro
o un beso en la parada del bus.
Noto como se lleva todo por delante
desquebrajando mi alma
y me pregunto: «¿cuánto?»
¿Qué importará eso ahora?
Miro el reloj,
tic-tac,
tic-tac.
Todo parece ser como siempre,
pero no es así,
sus ojos empiezan a humedecerse...
aún no.
Mantengo la calma,
pero ya se ha ido
sólo me quedan los demonios
apretando el pecho: «hola, ansiedad»
y sólo lo ha conseguido con una sola palabra.
Increíble.
Excusas,
excusas grises y frías
miradas tristes
un adiós que no se dice
por miedo a escucharlo
de sus labios, o de los míos.
Y,
lo noto,
la sensación del pecho
de sentir
debe de ser un milagro
pero duele, como un puñal
otro más
y sangra.
Adiós,
y un beso por mejilla
un abrazo de compasión por nuestras almas.
Y luego,
«silencio».
De eso se trata,
de fingir estar cuerdo
en un mundo de locos
y ahora lo comprendo todo.
Toda una vida, en un suspiro, adiós.

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