domingo, 12 de abril de 2015

Réquiem.



Bajé las escaleras del portal y me encontré con él. Abrió la cartera y me enseñó lo que le había pedido. Le di su dinero y le invité a un cigarrillo conmigo. La verdad es que me sentía muy sola, y sólo quería que alguien me acompañase aquella noche. Y me había costado 7 euros.
Después de un par de caladas empecé a sentir náuseas. Y mi cuerpo pesaba más de lo habitual. Literalmente, tenía la necesidad de andar a rastras por si en cualquier momento me desplomaba en el suelo. Entonces me giré y le dije:
- Escucha, puedes esperarme aquí si quieres, pero yo necesito ir al baño.
Y ni siquiera esperé por si tenía algo que decir.
Cuando entré al pub, sentí cómo un par de ojos miraban cómo subía las escaleras hasta el baño. Casi a rastras, lo juro. No había cerrado la puerta cuando me giré y vi el lavabo.
Vomité. Naranja, ¿qué coño?
Y seguidamente me entristeció saber que alguien debía limpiar aquello. Sobre todo porque el váter estaba justo al lado. Y me sentí estúpida.
Luego bajé y me sentí ligera. Fue como deshacerme de la ropa cuando llegas a casa cansada. Como quitarse el sujetador después de un día entero. O como follarte a la persona que te gusta y que lo haga de puta madre.
Me encontré a ese hijo de puta en la barra. Y casi por inercia le pedí una cerveza.
Le dije que esperase fuera.
Y con el tercio en la mano, le pedí por favor salir de aquel antro.
Suelo agobiarme cuando hay mucha gente a mi alrededor. Sobretodo si voy drogada y el cuerpo vuelve a pesarme mil kilos.
Volvimos a su portal y nos tumbamos en el suelo.
Juro que hacía calor y yo tenía frío. Pedí que me abrazase y lo hizo sin rechistar.
Le había visto desnudo, pero sólo quería un abrazo. Lo juro.
Confieso que me sentí vacía. Y que casi me molestaban sus brazos rodeando mi cuerpo. Así que me aparté y miré al techo.
- ¿No tienes la sensación de que esa lámpara se está moviendo? - me dijo, o dije. Ya no lo recuerdo. El caso es que el otro asintió y empezamos a reír como estúpidos.
- Quizá esto te suene raro, pero esa planta de ahí me está diciendo cosas muy estúpidas de ti - dije, de broma, pero me metí tanto en el papel que casi pude oírlas.
- ¿De verás? ¿Y qué dicen? - me siguió el rollo. Y menos mal.
- No puedo decírtelo - y empecé a reír como si realmente lo estuvieran ofendiendo - De verdad, no quieras saberlo - y seguí riendo como una loca.
Y supongo que aquello le gustaba.
Yo sólo no dejaba de sentirme vacía y colocada.
Bebía cerveza y volvía a tumbarme en aquel suelo asquerosamente frío. Y le odiaba.
- Va siendo hora de largarme.
- ¿Por qué?
- No lo sé, sólo quiero irme.
Y nadie dijo nada. Supongo que porque ya había llegado la hora del bajonazo. Y puedo soportarlo, pero no cuando no dejan de reír a mi lado.

Al día siguiente brotaron abismos desde mis ojos,
yo que odio el vértigo y amo lo de saltar al vacío.
Y tenía miedo.
Yo, que prefería las pelis de terror a las de amor.
Yo, que le pedí un último beso por si había despedida.
Ya no preguntes por mí en la barra del bar.
Hoy no me apetece el café y tu media sonrisa.
Hoy zarandeo la pistola entre mis dedos
y tú sigues esperando en la barra a que mi silencio acuda.
Y te quedarás esperando como un idiota.
Y oirás ruido de ambulancias
y sonreirás porque no eres tú.
Pero nunca conociste a la chica triste de la barra. Justo hoy, que ibas a darle tu número.
Hoy que la invitarías a su café
y habrías luchado por hacérselo cada mañana.
Pero ella ya no pensó en nadie,
ni en sí misma.
Y pensó que quizá nadie estaría esperando por su presencia y ojos tristes.
Estaba convencida de ser despreciable.
Y hablaba con sus demonios en la calle
pero nunca gritaba
y siempre sonreía.
Y era tan falso.
Pobre barra de bar,
con la chica trágica ausente
y el amor que nunca presenciaron sus estantes.

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