Estuve allí aquella noche, cuando nadie había.
Cuando tus pupilas empezaron a hacerse grandes en la niebla.
Habría cambiado follarte por un beso. Cuando todo fue gris.
Se consume el cigarro en mi cenicero,
fui tuya desde que dijiste el primer te quiero. Y me callé.
No puedo cerrar estos ciclos. Sólo me siento y espero.
Y no sé qué hacer.
Te juro que lo he intentado, que busco razones cada vez que me levanto
que he intentado ser menos triste. No llorar cuando escucho tus canciones.
Todas las noches en mi cuarto, pensando que no es para tanto, que mañana todo estará bien.
Que he cerrado los ojos un millón de veces, por si apareces cuando me caigo.
He intentado levantarme, llamar y decir que te echo de menos, que ya no pienso en mis demonios.
Decirte que todo va bien. Volver a casa y preparar la comida, caer rendida sobre mis piernas, encender el cigarrillo y echarlo todo a arder. Tú siempre fuiste el débil. Y te grité mil cosas aquella noche. Luego pedí que te quedases. No fuiste sincero.
Y sé que ella está orgullosa de lo que eres. Que yo nunca fui suficiente.
Puede que simplemente no esté hecha para nadie.
Y echo de menos poner mi cabeza sobre tu pecho, escuchar tus latidos.
Ser alguien entre tus brazos.
Y quiero intentarlo.
Que tengo deudas con mis padres, con mi hermana. A los demás no os debo nada.
No dijiste que me fuera aquella tarde, yo dejé tus manos a la altura de mis piernas.
Enrollar el billete y no ser nadie.
(Devuélveme la vida que me quitas).
Perdóname, no quise traicionarme.
Qué mas da si todo se hunde, si al fin y al cabo estoy hecha de agujeros.
Me dejé el corazón, como pediste.Y tampoco sirvió de nada.
Me dejé los buenos modales en casa, para ser diferente entre tus sábanas (porque sé que te cansa la rutina y que te pida permiso para ir desnuda a la cocina).
Me dejé la poesía que escribí de tus lunares secándose en la cuerda de tender, junto a los corazones rotos que me pidieron ser rescatados.
Te he visto ser tú en la misma habitación donde fuimos.
Y no he vuelto a pensar en otros ojos.
Te echo de menos cuando pienso en mis heridas, porque al fin y al cabo tú entraste a removerlas, pero quédate.
No le contéis a mis hijos lo que fui yo entonces, porque no existirán, y yo viviré encerrada en cuatro paredes de rojo y pastillas para dormir que no lo hacen.
Soy todo el conjunto de tus miedos y los míos. Y cuesta convivir con ello.
Volví a escribirte otra poesía cuando rocé tu piel. Porque no quiero olvidarte y que todo sea efímero;
no esperes que me olvide de tus ojos.
Recuerdo mis tetas en tu boca y el olor de tu colonia. Esa canción de amor que nunca escribiste.
Soy más de escribirle a lo que pudo ser.
Y he tenido infinidad de noches como esta, pero cada vez las soporto menos.
Como el que da un suspiro y luego se olvida, pero no calma. Y vuelve con más fuerza.
Me está quemando el pecho de todas las cosas que me guardo.
Y un día te ves reflejado en el cristal de la ventana y el vaho te pide a gritos su nombre,
pero tú ya has estado llorando mientras la lluvia limpiaba las calles.
Así que coges al orgullo por los huevos, le pones maquillaje y te sientas frente al espejo.
No voy a morder al tiempo en este viaje, ni voy a parar los latidos de aquella noche que no existe.
Aquella noche cogí un taxi para ver las luces; hablo de Madrid y de noviembre.
De acordarme de septiembre y dedicarte versos de heridas abiertas.
Hay sombras en mi habitación que guardan el silencio que comparto.
Yo quise dejar atrás mis miedos cuando aquel hijo de puta hizo contacto con mis ojos.
Y aún sigo creyendo que aquel ascensor al que nunca subimos debió presenciar nuestro sexo y nuestro odio de aquella noche que no existe.
No corras, cobarde.
¿A caso tengo cara de suicida que pretenda suicidarse?
¿O de que ningún puente esté enamorado de mí?
Tú nunca podrás entenderlo, y yo jamás tendré descanso.
No le busques sentido a lo trágico,
estoy fuera de toda vuestra mierda.

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