lunes, 29 de septiembre de 2014

Las noches en las que te grité en silencio.





Recuerdo tus ojos mirándome.
Tus manos sacando otro cigarrillo
y colocándolo sobre tus labios.
Recuerdo tu cabeza sobre mi pecho.
Los días grises en los que me pedías tregua.
Y sobre todo cuando me pedías que te abrazase.

Estoy echándote tanto de menos que hasta duele.
Estoy echándome de más en todos los aspectos.

Me ahogo.
El nudo de la garganta me está ahogando.
Y tú no estás para salvarme.
Dios, te quise tanto.

No debería haberme marchado;
¿dónde estás?
No debería haberte dejado ir.
Quizá debí contarte que suelo ser un desastre,
aunque imaginé que ya lo sabrías.
Quizá debí explicarte que no quería haber dicho todo aquello.
Quizá debí escribirte cuando los días eran más grises.

Y me duele recordar cómo te fuiste.
Pero lo que realmente me atormenta
es que yo no salí a buscarte.

Después todo se fue al traste.
Después todo es una mierda.

Pero tú no quisiste encontrarme.
Joder, estuvimos tan cerca después de aquello
que aún no sé cómo perdonarme.

Aunque no pienses en mí,
aunque no me eches de menos.
Espero me recuerdes sobre tus sábanas
y no te dejen dormir nunca.
Porque allí te dejé escrita
mi nota de suicidio.

Tú eres un capullo
y yo creí que podrías ser diferente.
Joder, ¿y por qué no?

Quizá el problema es no saber cuál es.

Por qué tú y por qué yo.
Por qué nosotros.

Deja de apretarme el pecho,
dame un respiro.

Cuéntale a tus padres que te habría querido siempre.
Dime cómo vas a explicarle a nuestros hijos, los que nunca tuvimos,
los que quería con tus ojos;
por qué su madre no lleva mi nombre.

Convéncete de que fui yo la que nos abandonó (hasta que te lo creas)
No nos olvides nunca. 

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